jueves, 22 de enero de 2015

El caso de los himenópteros cazadores

Jean-Henri Fabre
En 1879, el entomólogo francés J. H. Fabre estudió muchas especies de himenópteros (avispas y abejas solitarias) que capturan otros insectos para que sirvan de alimento a sus larvas. Por eso se los conoce usualmente como himenópteros cazadores (mal llamados himenópteros parásitos). Antes de poner el huevo, el himenóptero paraliza a la presa, inyectando con su aguijón una gota de veneno en cada uno de los ganglios (centros de control descentralizados) de su sistema nervioso. En alguna especie, como Ammophila hirsuta, que captura orugas de lepidóptero, el número de ganglios es grande (hasta 12, uno por cada segmento de la oruga). A pesar de ello, el cazador parece conocer exactamente los puntos donde debe clavar el aguijón.
Una vez paralizada la presa y puesto el huevo, la diminuta larva del himenóptero se introduce en su interior y comienza a devorarla. Al hacerlo, exhibe un aparente conocimiento innato de la anatomía de la presa, pues va devorando primero las partes menos necesarias para la vida, dejando para el final los órganos vitales. Así evita que la oruga muera demasiado pronto y se pudra, con lo que no podría alimentar al predador, que moriría inexorablemente.
Ammophila sabulosa trasladando una oruga capturada
Fabre describió con todo detalle el comportamiento de Ammophila hirsuta en el primer volumen de sus Souvenirs entomologiques y lo aprovechó como argumento anti-evolucionista en su controversia -respetuosa y racional- con Darwin, que se prolongó hasta la muerte de éste, aunque en tomos posteriores de su obra Fabre continuó abundando sobre el mismo tema. El argumento podría resumirse así:
No es posible reconciliar la selección natural y la evolución gradual con el comportamiento de Ammophila hirsuta, pues un hipotético eslabón perdido que sólo inyectara veneno en la mitad -digamos- de los segmentos de la oruga, no sería viable, puesto que la presa no quedaría perfectamente paralizada y mataría a la larva que la está devorando realizando movimientos convulsos. Ese comportamiento, por tanto, habría debido surgir de golpe, o bien haber sido creado directamente por Dios.
Henri Bergson
El razonamiento fue recogido posteriormente por el filósofo francés Henri Bergson en su obra L’évolution créatrice, como argumento en favor del élan vital que propone para explicar la vida y en apoyo de su hipótesis filosófica sobre el predominio del espíritu sobre la materia. El argumento podría interpretarse también como un ejemplo de complejidad irreducible como los que aducen los partidarios del diseño inteligente.
Es sorprendente, por cierto, que fuese el propio Fabre (sin darse cuenta de ello) quien describió precisamente un posible eslabón perdido para los himenópteros cazadores como Ammophila. En el capítulo 5 del segundo tomo de sus Souvenirs describe otro género de himenópteros (Eumenes) cuya larva, que se alimenta de presas parcialmente paralizadas, pende del techo de la excavación mediante un filamento que se alarga y se acorta a su gusto, lo que le permite bajar a comer cuando las presas están quietas y retirarse cuando sus movimientos podrían hacerle daño. 
Es curioso que el caso de los himenópteros cazadores haya sido utilizados también por los pensadores ateos como argumento contra el diseño y la existencia de Dios, presentándolo como un ejemplo especialmente cruel del problema del mal en el mundo o, con palabras del poeta Tennison, la Naturaleza roja en dientes y garras. Podría resumirse así: 
El comportamiento de los himenópteros cazadores provoca en sus presas un sufrimiento indescriptible. Por lo tanto, no puede ser algo diseñado o querido por un Dios bueno.
Hay dos respuestas diferentes para el argumento:
  1. De forma general, aduciendo (con san Agustín, que ya lo propuso en el siglo IV) que Dios permite el mal porque es condición indispensable para llegar a un bien mayor. Giberson y Artigas (Oráculos de la ciencia, 2012) lo expresan así:
Para que el argumento de Dawkins funcione, tiene que mostrar... a Dios cómo producir un mundo con al menos algunas de las maravillas de éste sin permitir el dolor. Esto no es sencillo. ¿Podrían existir interesantes criaturas vivas... sin comer otros organismos? ¿Podrían las leyes naturales funcionar sin producir nunca ningún daño?
Esta discusión se aborda con más detalle en el capítulo primero del libro Mitología materialista de la ciencia, de Francisco José Soler Gil, 2013.

  1. El argumento del mal en el mundo basado en el supuesto dolor de las orugas paralizadas mientras las devoran peca de antropomorfismo. No sabemos gran cosa sobre el sentido del dolor en los insectos. Se sabe desde hace tiempo que las cucarachas que se hacen hieren accidentalmente una pata suelen acabar comiéndosela (autofagia o auto-canibalismo), lo que significa que los insectos no tienen un sentido del dolor como el nuestro (imagínate a ti mismo comiéndote un brazo herido). Por lo tanto, las orugas devoradas por una larva de himenóptero quizá no sientan tanto dolor como se dice, lo que le quita fuerza al argumento. Al considerar el dolor de las presas paralizadas y devoradas lentamente, uno tiende a imaginar lo que sentiría si se encontrara en una situación así. Es probable que lo peor fuese el sufrimiento moral, algo que es casi seguro que los insectos no sienten.

Manuel Alfonseca

3 comentarios:

  1. Un muy interesante artículo, desde posiciones religiosas pero respetuosas, que nos ayuda a pensar a creyentes y ateos. Gracias. «Libros y abrazos»

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    1. Como has intuido, el objetivo implícito de mi artículo es mostrar que el mismo argumento se puede usar (¡y se ha usado!) para "demostrar" dos posturas contradictorias. Eso muestra que el argumento probablemente no vale ni en una dirección ni en la otra. Con otras palabras: que no se trata de ciencia, sino de interpretación de la ciencia (filosofía).

      Tenemos un problema muy importante: científicos de prestigio (como Dawkins, Hawking y otros) creen hacer ciencia cuando en realidad están haciendo filosofía. Como dije en un artículo anterior, Hawking empieza su libro "El gran diseño" diciendo "la filosofía ha muerto", e inmediatamente demuestra la falsedad de su afirmación, porque se pone a hacer filosofía (propone una teoría epistemológica, el realismo de modelos). Pero él no es consciente de ello, porque no sabe filosofía y la desprecia.

      En el campo contrario pasa algo parecido entre los defensores de la teoría del Diseño Inteligente, aunque al menos las afirmaciones que hacen suelen ser falsables (algunas ya han sido falsadas).

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  2. Es todavía un enigma cómo se trasmite ciertas experiencias y/o conocimiento empírico de forma innata entre los animales. Tambien al parecer está demostrado que muchas especies de animales inferiores saben/aplican matemática "empirica" desde su nacimiento.
    Coincido contigo en tu comentario y en que mucho de lo que damos por ciencia es filosofía y que hay buenos cientificos que son mediocres filósofos, y mediocres científicos que son mejores filósofos.
    Gustavo Molina

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