En el artículo anterior hablé de la Cladística, la nueva forma de clasificar
los seres vivos partiendo de su posición en el árbol de la vida, y mencioné
alguna de las dificultades que surgen si se intenta adaptar a la cladística el
sistema de clasificación anterior, basado en el árbol taxonómico y las
categorías clásicas de Linneo: reino, phylum, clase, orden, familia, género y especie.
Hay más dificultades. Por ejemplo, consideremos el concepto de reino, la máxima categoría taxonómica de Linneo. Tradicionalmente los seres vivos se dividían en dos reinos: animal y vegetal. Estos dos reinos estaban claramente separados, con características muy diferentes. Así, los animales se definían como seres orgánicos que viven, sienten y se mueven por propio impulso (diccionario de la RAE), mientras las plantas (el reino vegetal) serían seres que viven, pero no sienten y no se mueven. Se admitía que estas definiciones eran imperfectas, porque existían excepciones, como las esponjas, que apenas se mueven, pero son animales, y algunas plantas, como las mimosas, que parecen sentir ciertos estímulos y se mueven en respuesta a ellos.
El primer problema grave surgió con el
descubrimiento de los microorganismos. Al principio se intentó adaptarlos al
sistema anterior, dividiéndolos en animales unicelulares (protozoos) y plantas unicelulares (protofitos). Pero en el mundo
microscópico la separación entre animales y plantas se difumina, por lo que a
mediados del siglo XX se decidió añadir un tercer reino a los dos anteriores,
el de los protistas, que abarcaba a todos los
seres unicelulares, de los que habrían surgido por evolución las plantas y los
animales.
Poco después, los biólogos llegaron a la conclusión
de que el reino vegetal debía dividirse en dos: por un lado, los hongos (seres vivos
heterótrofos, carentes de clorofila, hojas y raíces, que se reproducen por
esporas y viven parásitos, en simbiosis o sobre materias orgánicas en
descomposición). Por otro, todas las demás plantas, los metafitos (seres vivos
autótrofos y fotosintéticos, cuyas células poseen pared compuesta
principalmente de celulosa, y que carecen de capacidad locomotora).
Hacia 1980, el reino de los protistas se dividió en tres: bacterias, arqueas y eucariotas unicelulares. Teníamos, por lo tanto, un total de seis reinos, que a su vez se agrupaban en dos grupos, que se colocaban por encima de los reinos, a los que se llamó imperios o dominios. La clasificación quedó así:
·
Imperio de los procariotas, células sin núcleo.
o Reino
de las bacterias.
o Reino
de las arqueas.
·
Imperio de los eucariotas, células con núcleo.
o Reino
de los protistas eucariotas.
o Reino
de las Plantas o Metafitos.
o Reino
de los Hongos.
o Reino
de los Animales o Metazoos.
Parecía que la cuestión quedaba resuelta. Pero con
la llegada de la Cladística, que insiste en que todo grupo biológico debe estar unido a todos sus
descendientes, la cosa se complicó.
·
Por un lado, los eucariotas descienden de los procariotas, por lo que
su imperio debía quedar englobado en estos.
·
Por otro lado, los eucariotas descienden por simbiosis de las bacterias
y de las arqueas (una bacteria fue englobada por una arquea, y en lugar de
digerirla, la incorporó convirtiéndola en mitocondria). ¿Cómo se come eso, en
la clasificación cladística?
· Finalmente, los hongos, y probablemente también las plantas, tendrían que descomponerse en varios reinos, porque son polifiléticos, o sea, que no descienden de un antepasado único, sino de varios grupos anteriores en el árbol de la vida, por lo que no constituyen un clado.
La conclusión es que, de los seis reinos admitidos
en las clasificaciones biológicas, sólo uno (los animales) sería un verdadero
clado.
Un problema adicional es que algunos biólogos,
partidarios a ultranza de la clasificación cladística, sostienen que, si
decidimos llamar reino a los eucariotas unicelulares (por ejemplo), entonces
todas las ramas de los procariotas que se separaron de los antepasados de los
eucariotas antes de la aparición de estos y dieron lugar a ramas independientes
del árbol de la vida, deberían considerarse también reinos. Habría así más de
50 reinos de seres vivos, casi todos unicelulares procariotas, algunos con pocas
especies conocidas. Una clasificación así no sería muy útil. Por ello, para
efectos prácticos, las reglas cladísticas estrictas no suelen aplicarse al
nivel de los reinos.
Finalmente, algunos biólogos consideran que el
hombre debería recibir el rango de reino de la naturaleza, puesto que con
nuestra especie ha surgido un nuevo tipo de evolución, la
evolución cultural, con reglas parecidas, pero sutilmente distintas, a las de la
evolución biológica. Hablé de esto en uno
de los artículos más antiguos de este blog.
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Manuel Alfonseca
Me parece interesantísimo este tema!
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