De acuerdo con Plutarco, el calendario romano
fue instaurado por el segundo rey de Roma, Numa Pompilio (753-674 a.C.), quien
al principio habría dividido el año en diez meses que empezaban en marzo, dando
nombres numéricos a los meses quinto a décimo, pero posteriormente añadió dos
meses más (enero y febrero), trasladando el principio del año al 1 de enero.
Los meses del calendario romano primitivo, por tanto, eran estos: Ianuarius, Februarius, Martius, Aprilis, Maius, Junius,
Quintilis, Sextilis, September, October, November, December. Se
observará que, al añadir dos meses por delante, los números de orden de los
meses quinto a décimo pasaron a ser séptimo a duodécimo, pero los nombres ya
estaban establecidos y nadie se molestó en adaptarlos a la nueva situación.
Plutarco comenta así el origen de los nombres de los meses:
El primer mes, consagrado por
Rómulo a Marte, se llamó Martius, y el segundo Aprilis, denominado así por
Afrodita, que es Venus, porque en él se hacen sacrificios a esta Diosa... Al que sigue por orden, le dicen Maius por Maia, porque
está consagrado a Mercurio [hijo de Maia]; y a
Iunius lo denominan así por la diosa Juno. Mas hay algunos que sostienen que estos
toman su denominación de la edad más anciana y más joven; porque a los más
ancianos se les llama maiores, y a los más jóvenes iuniores... El primero, Ianuarius,
viene de Jano [el dios de las puertas].
Los meses romanos eran lunares, de 28 y 29
días alternados. Como doce meses lunares se quedan cortos en algo más de 11
días en el cómputo del año, cada cierto tiempo se añadía un mes adicional (el
mes número trece), pero no se estableció un sistema regular para añadirlo, como
sí hicieron en Babilonia y Grecia. La decisión de añadir ese mes adicional la
tomaba el pontífice máximo, principal autoridad religiosa. Pero este cargo era
político y entraba en el juego de partidos, que cobró especial virulencia en
los últimos años de la república. Como las magistraturas políticas duraban un
año, los pontífices insertaban el mes adicional cuando deseaban prolongar el
gobierno del partido que ostentaba el poder, y lo omitían cuando los
magistrados eran del partido contrario. El
resultado fue caótico. A mediados del siglo I a.C., el error
acumulado ascendía a ochenta días: casi una estación.