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| Cristo crucificado, talla en madera de Manuel Alfonseca Santana |
Si los viajes en el tiempo fuesen posibles, el
mayor aliciente para los viajeros sería asistir como testigos presenciales a
sucesos famosos del pasado, como el asesinato de Julio César y muchos más. El
hecho de que no tengamos constancia de la presencia de gente extraña en ninguno
de esos casos es un argumento importante en contra de la factibilidad de los
viajes en el tiempo.
No cabe duda de que uno de esos sucesos, quizá el
más famoso de todos, sería la Crucifixión de Cristo. Si los viajes en el tiempo
fuesen posibles, debería haber habido en el Gólgota una avalancha de visitantes
procedentes de tiempos futuros para asistir al suceso más importante de la
historia de la humanidad.
De hecho, esta idea ha sido utilizada en la
literatura de ciencia-ficción. En una novela corta titulada There
will be time, Poul Anderson la aplica haciendo que su protagonista viaje a
Jerusalén, en el día de la Crucifixión, para asistir a la muerte de Cristo. Y
al llegar descubre que hay una multitud de personas asistiendo, y que casi
todos son viajeros en el tiempo.
Esta idea, sin embargo, contiene un contrasentido.
Si fuera posible viajar en el tiempo, los viajeros no acudirían al momento de
la Crucifixión, sino al de la Resurrección, que es mucho más importante.
Constatar que Jesús murió en la Cruz no es tan relevante como constatar que
resucitó. Sabemos que la Crucifixión fue un acto público. Por el contrario, la
Resurrección fue un acto privado, en el que no hubo ningún testigo. Luego es
ahí donde deberían haberse dirigido los viajeros en el tiempo.
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| Poul Anderson |
¿Por qué Anderson cometió ese error? Probablemente
porque él no creía que la Resurrección haya tenido lugar. Aun así, para él
debería haber sido importante que sus viajeros lo constataran. ¿Cómo hacerlo?
Nada más fácil: estableciendo una guardia de viajeros en el tiempo durante la
noche del sábado al domingo en la tumba de Cristo para comprobar si Cristo
resucitaba. Sin embargo, no se le ocurrió esa idea, o si se le ocurrió no se
atrevió a usarla, y en consecuencia su novela pierde.
La novela de Anderson no es la única que gira
alrededor de este argumento. Caballo de Troya de J.J. Benítez abunda en
esta línea. En esta novela, que no parte del futuro, sino del presente, durante
la última parte del siglo XX, la posibilidad de viajar en el tiempo habría sido
descubierta por el ejército de los Estados Unidos, que envía al protagonista a
la época de Cristo para constatar lo que pasó. El viajero va provisto de
adelantos técnicos sugerentes pero imposibles, como un dispositivo que le
proporciona visión de rayos X al estilo de Supermán, por lo que, más que como ciencia-ficción,
esta novela podría clasificarse en el género de los tebeos de superhéroes.
Benítez no comete el mismo error que Anderson, pues
su protagonista investiga la Resurrección de Cristo y constata que sí sucedió,
pero que no fue obra de Dios, sino de extraterrestres. Por supuesto, la idea de
suplantar a Dios por civilizaciones extraterrestres avanzadísimas no es nueva,
como señalé en otro artículo de este blog: Los
mundos perdidos de 2001.
Un caso parecido es la novela corta de Michael
Moorcock Behold the Man, en la que un viajero en el
tiempo viaja a la Palestina del año 28 para conocer a Cristo, pero no le
encuentra, lo suplanta, y acaba crucificado en su lugar. En este caso, el final
de la novela niega la Resurrección.
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| Portada de Fantastic SciFi con una historia de Porges (The shadowsmith) |
Finalmente mencionaré un cuento de ciencia-ficción
escrito en 1962 por Arthur Porges, titulado The
rescuer (El rescatador). Este cuento es un
ejemplo excelente de la paradoja de la predestinación que
mencioné en un artículo anterior: ¿Será
posible viajar en el tiempo? Este es su argumento: los inventores de una
máquina del tiempo descubren que un hombre ha entrado en la máquina para viajar
hacia el pasado. Para impedírselo, destruyen la máquina con el hombre dentro.
Cuando se les juzga por asesinato y destrucción de bienes valiosos, se explican:
Este hombre llevaba un rifle de repetición
y cinco mil balas explosivas. Su intención era trasladarse al Gólgota para
rescatar a Jesucristo de los soldados romanos. O sea, para impedir la
crucifixión. Con un rifle moderno, quizá lo habría conseguido. ¿Y entonces
qué?... ¿Qué efecto tendría eso en el futuro, en toda la historia secular y
religiosa?
Aparte del éxito mayor o menor que hayan tenido
distintos autores para plantear este tipo de argumentos, del hecho de que,
ciertamente, nadie ha viajado en el tiempo para ser testigo de sucesos
históricos importantes, puede deducirse que los viajes en el tiempo son y serán
siempre imposibles, no sólo ahora, sino también en el futuro. Lo cual no es más
que otro modo de enunciar la versión de la paradoja de Fermi que se aplica a los viajes en
el tiempo.
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Manuel Alfonseca


