jueves, 7 de mayo de 2026

La síntesis de ciencia y fe en la historia de Occidente

S.Agustín, por Louis Comfort Tiffany
Lightner Museum

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Al estudiar la historia de la ciencia, un hecho resulta evidente: mientras otras civilizaciones alcanzaron cumbres técnicas, matemáticas o astronómicas notables, en el seno de la cristiandad europea germinó un desarrollo científico sistemático, acelerado y desmesurado, incomparable con el de cualquier otra civilización, precedente o contemporánea. ¿Por qué esa diferencia espectacular? La respuesta no es cuestión de azar, sino de cosmovisión. Ciencia y fe no son adversarios, sino piezas de un puzle diseñado con una precisión asombrosa.

La supuesta guerra entre ciencia y fe es una falsa diatriba alimentada por prejuicios decimonónicos. Mientras la Ciencia se ocupa del mundo material y experimental, la Filosofía y la Fe se ocupan del ser y del propósito. El error de científicos como Stephen Hawking fue declarar que la filosofía ha muerto para, acto seguido, proponer teorías (como el realismo de modelos o el multiverso) que son elucubraciones filosóficas.

En casi todas las civilizaciones de primera y segunda generación dominó una cosmología incompatible con un desarrollo científico semejante al de Occidente: la cosmología cíclica, que considera la historia del universo como un proceso repetitivo y afirma que las mismas cosas ocurren una y otra vez, y que las mismas personas nacen y mueren muchas veces (metempsícosis). La cosmología cíclica da pie a una idea pesimista y derrotista, incompatible con un avance científico progresivo, como expresa el libro del Eclesiastés, capítulo 1, versículos 7 y 9:

Todos los ríos van al mar y el mar jamás se llena; por los mismos cauces que veían sus caudales ha pasado de nuevo su curso… pero lo que pasará es lo que ya pasó, y todo lo que se hará ha sido ya hecho. ¡No hay nada nuevo bajo el sol!

Una sola civilización de segunda generación no se dejó arrastrar por la cosmología cíclica, aunque se vio influida por ella, como demuestra la cita del Eclesiastés. El pueblo hebreo adoptó una cosmología diferente, un concepto lineal de la historia, con un comienzo y un final. Sin embargo, la cultura hebrea no tuvo desarrollo científico y tuvo poca actividad filosófica, excepto en aspectos relacionados con la religión.

El cristianismo, sucesor teológico del pueblo hebreo, del que heredó la visión lineal de la historia, adoptó de la cultura greco-romana la filosofía griega y el derecho romano y sintetizó dos culturas muy diferentes, aunque su génesis fue, sobre todo, consecuencia de un hecho histórico especial: la Encarnación de Dios en Jesucristo, su muerte y su resurrección.

Francisco José Soler Gil

San Agustín, por ejemplo, afirmó en La ciudad de Dios (libro XII, capítulos XI-XX) que el retorno perpetuo es consecuencia de pensar que el mundo es perpetuo, pero si hubo un instante inicial, no tiene sentido creer que todo se repite. Es una idea que Francisco José Soler Gil y yo hemos apoyado en un artículo publicado en la revista Theoria. San Agustín realizó una excelente síntesis entre la fe cristiana y la filosofía griega, representada por las ideas de Platón y el neoplatonismo de Plotino, y fue seguido algunos siglos después por Santo Tomás de Aquino, partiendo de la filosofía de Aristóteles.

La civilización islámica compartió la visión lineal de la historia y la influencia de la filosofía griega. Durante los primeros siglos de su existencia, realizó importantes avances científicos en astronomía, matemáticas, medicina y alquimia. Sin embargo, acabó estancándose, seguramente porque le faltaba el hecho histórico de la Encarnación, pues los musulmanes no admiten que Dios se haya hecho hombre.

La Encarnación es un hecho histórico sin precedentes, único e irrepetible. Aunque en otras religiones, como el hinduismo, se admite la posibilidad de que Dios se encarne en un ser humano (como los avatares de Visnú), no se trata de hechos históricos. Cristo, en cambio, vivió en tiempos de Poncio Pilatos.

La Encarnación de Dios en Jesucristo elevó la dignidad del hombre y de la creación, y favoreció el avance de la ciencia occidental, que nos ha llevado a la revolución industrial y a la revolución informática. El hombre ha alcanzado la dignidad asombrosa de que Dios se ha hecho uno de nosotros. En consecuencia, el cosmos no puede ser una ilusión, ni algo sin importancia, como sostienen las concepciones del mundo cíclicas, sino una obra digna de que su Autor se encarne en ella.

El cristianismo ha hecho posible el desarrollo explosivo de la ciencia porque las dos afirmaciones siguientes desempeñan un papel fundamental en su cosmovisión:

1.            Dios ha creado el universo. Lógicamente, ha creado un universo comprensible, sujeto a leyes.

2.            El hombre puede descubrir y comprender las leyes de que Dios ha dotado al universo. Para conseguirlo, tiene que recurrir a la experimentación. Esto es lo que ha desencadenado la revolución científica en que aún nos encontramos.

El mundo moderno y la civilización occidental parecen haber abandonado las convicciones cristianas. ¿Nos dice esto algo sobre el futuro de la ciencia? Una evolución que comenzó gracias al impulso del cristianismo, ¿resistirá la pérdida de sus raíces, o le pasará lo mismo que a las demás civilizaciones, que después de alcanzar cierto desarrollo científico se estancaron para siempre? Hablaré de ello en el próximo artículo.

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Manuel Alfonseca

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