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| S.Agustín, por Louis Comfort Tiffany Lightner Museum |
Al estudiar la historia
de la ciencia, un hecho resulta evidente: mientras otras civilizaciones alcanzaron cumbres técnicas,
matemáticas o astronómicas notables, en el seno de la cristiandad europea
germinó un desarrollo científico sistemático, acelerado y desmesurado, incomparable con el de
cualquier otra civilización, precedente o contemporánea. ¿Por qué esa
diferencia espectacular? La respuesta no es
cuestión de azar, sino de cosmovisión. Ciencia y fe no son adversarios, sino
piezas de un puzle diseñado con una precisión asombrosa.
La supuesta guerra entre ciencia y fe es una falsa diatriba alimentada por prejuicios decimonónicos. Mientras la Ciencia se ocupa del mundo material y experimental, la Filosofía y la Fe se ocupan del ser y del propósito. El error de científicos como Stephen Hawking fue declarar que la filosofía ha muerto para, acto seguido, proponer teorías (como el realismo de modelos o el multiverso) que son elucubraciones filosóficas.
En casi todas las
civilizaciones de primera y segunda generación dominó una cosmología
incompatible con un desarrollo científico semejante al de Occidente: la cosmología cíclica, que considera la
historia del universo como un proceso repetitivo y afirma que las mismas cosas
ocurren una y otra vez, y que las mismas personas nacen y mueren muchas veces (metempsícosis). La cosmología
cíclica da pie a una idea pesimista y derrotista, incompatible con un
avance científico progresivo, como expresa el libro del Eclesiastés, capítulo 1,
versículos 7 y 9:
Todos los ríos van al mar y el mar
jamás se llena; por los mismos cauces que veían sus caudales ha pasado de nuevo
su curso… pero lo que pasará es lo que ya pasó, y todo lo que se hará ha sido
ya hecho. ¡No hay nada nuevo bajo el sol!
Una sola civilización de
segunda generación no se dejó arrastrar por la cosmología cíclica, aunque se
vio influida por ella, como demuestra la cita del Eclesiastés. El pueblo hebreo
adoptó una cosmología diferente, un concepto lineal de
la historia, con un comienzo y un final. Sin embargo, la cultura hebrea no tuvo
desarrollo científico y tuvo poca actividad filosófica, excepto en aspectos
relacionados con la religión.
El cristianismo, sucesor
teológico del pueblo hebreo, del que heredó la visión lineal de la historia, adoptó de la cultura greco-romana
la filosofía griega y el derecho romano y sintetizó
dos culturas muy diferentes, aunque su génesis fue, sobre todo, consecuencia de
un hecho histórico especial: la Encarnación de Dios en Jesucristo, su
muerte y su resurrección.
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| Francisco José Soler Gil |
San Agustín, por ejemplo,
afirmó en La ciudad de Dios (libro
XII, capítulos XI-XX) que el retorno perpetuo es consecuencia de
pensar que el mundo es perpetuo, pero si hubo un instante inicial, no tiene
sentido creer que todo se repite. Es una idea que
Francisco José Soler Gil y yo hemos apoyado en un
artículo publicado en la revista Theoria. San Agustín realizó una excelente
síntesis entre la fe cristiana y la filosofía griega, representada por las
ideas de Platón y el neoplatonismo de Plotino, y fue seguido algunos siglos
después por Santo Tomás de Aquino, partiendo de la filosofía de Aristóteles.
La civilización islámica
compartió la visión lineal de la historia y la influencia de la filosofía
griega. Durante los primeros siglos de su existencia, realizó importantes
avances científicos en astronomía, matemáticas, medicina y alquimia. Sin
embargo, acabó estancándose, seguramente porque le faltaba el hecho histórico
de la Encarnación, pues los musulmanes no admiten que Dios se haya hecho hombre.
La Encarnación es un hecho histórico sin
precedentes, único e irrepetible. Aunque en otras religiones, como el
hinduismo, se admite la posibilidad de que Dios se encarne en un ser humano (como
los avatares de Visnú), no se trata de hechos históricos. Cristo, en cambio,
vivió en tiempos de Poncio Pilatos.
La Encarnación de Dios en
Jesucristo elevó la dignidad del hombre y de la creación, y favoreció el avance
de la ciencia occidental, que nos ha llevado a la revolución industrial y a la
revolución informática. El hombre ha alcanzado la dignidad asombrosa de que
Dios se ha hecho uno de nosotros. En consecuencia, el cosmos no puede ser una
ilusión, ni algo sin importancia, como sostienen las concepciones del mundo
cíclicas, sino una obra digna de que su Autor se encarne en ella.
El cristianismo ha hecho
posible el desarrollo explosivo de la ciencia porque las dos afirmaciones
siguientes desempeñan un papel fundamental en su cosmovisión:
1.
Dios ha creado el
universo. Lógicamente, ha creado un universo comprensible, sujeto a leyes.
2.
El hombre puede descubrir y comprender
las leyes de que Dios ha dotado al universo. Para conseguirlo, tiene
que recurrir a la experimentación. Esto es lo que ha desencadenado la
revolución científica en que aún nos encontramos.
El mundo moderno y la
civilización occidental parecen haber abandonado las convicciones cristianas. ¿Nos
dice esto algo sobre el futuro de la ciencia? Una evolución que comenzó gracias
al impulso del cristianismo, ¿resistirá la pérdida de sus raíces, o le pasará lo
mismo que a las demás civilizaciones, que después de alcanzar cierto desarrollo
científico se estancaron para siempre? Hablaré de ello en el próximo artículo.
Hilo Temático sobre Ciencia e Historia: Anterior Siguiente
Manuel Alfonseca


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