El título de este artículo se parece al de una obra de Charles Darwin, El origen del hombre, la segunda más famosa que publicó, aunque no se puede comparar con la más famosa de todas, El origen de las especies. Pero aquí no voy a hablar de Darwin ni de ese libro, pues ya le dediqué otro artículo. Voy a referirme a un libro que tiene un título muy parecido, Orígenes del hombre, cuyo autor es Francisco de Paula Rodríguez Valls, con quien he colaborado más de una vez, y a quien he mencionado en otro artículo de este blog.
En la misma línea que mis libros El quinto nivel de la evolución y Evolución biológica y evolución cultural en la historia de la vida y del hombre, el libro de Rodríguez Valls tiene por objeto mostrar la singularidad del hombre en relación con el resto de los seres vivos. Su punto de vista es algo más filosófico que el mío, pero coincidimos en casi todo.
Un detalle interesante que señala es la afirmación de que la teoría de Darwin, que se basa en la constatación de que la selección natural ayuda a los seres que se adaptan al medio, no se puede aplicar al hombre, porque en nuestra especie el proceso funciona al revés: es el hombre quien adapta el medio a sí mismo. Como expliqué en mi primer artículo mencionado más arriba, yo también he llegado a esta conclusión.
En mis propios libros he intentado demostrar que el
paso del animal al hombre atravesó un punto crítico, comparable al punto de ebullición de un líquido,
que en un espacio de tiempo muy corto y a una temperatura fija, pasa del estado
líquido al gaseoso. En una de mis novelas, Los
moradores de la noche, lo expresé con estas palabras: El hombre estudia al chimpancé; el
chimpancé no estudia al hombre.
En su libro, Rodríguez Valls mantiene esta misma
opinión, aunque a lo que yo llamo punto crítico él lo llama salto cualitativo. Veamos cómo lo explica:
No
es solo una diferencia de grado la que existe entre arrojar una bomba atómica y
cazar a un colobo; tampoco la que existe entre descubrir la penicilina y dar
una fruta a un compañero hambriento. Ambas significan matar y dar la vida, pero
así como el ser humano puede hacer las cuatro cosas enunciadas, el resto de los
primates solo puede hacer dos de ellas.
En el capítulo 5.7 revisa la idea de Juan Arana de
que la consciencia no puede ser explicada por la ciencia, aduciendo que explicar y comprender son términos complementarios,
y que, si la ciencia no puede explicar la consciencia, la hermenéutica y la
fenomenología sí pueden ayudar a comprenderla. (Ya he dicho que su postura es
más filosófica que la mía).
Me ha gustado especialmente el apartado 5.8, sobre
la conciencia y la ficción. Coincido con esta cita, que es muy interesante:
Verdad
y verosimilitud no se identifican, salvo en algunas patologías mentales...
Yo añadiría: y
en la física teórica moderna.
Otra cita, del apartado 6.2:
[D]ado
que va en contra de la experiencia fenoménica de la libertad, la carga de la
prueba recae sobre las posturas deterministas. Eso parece estar claro: quien
niega lo que parece evidente debe encargarse de demostrar que somos los demás
los que nos encontramos en el error.
Y otra cita sugerente del apartado 6.3:
Nadie
puede -o debe- imponerle a otro cómo tiene que ser feliz.
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Sería interesante que el Prof. Alfonseca nos dejara su opinión sobre la vigencia actual del argumento del molino de Leibniz.
ResponderEliminarEs un argumento en favor de lo que hoy llamamos monismo emergentista. Hablaré de estas cosas en enero próximo en el blog.
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