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| La condena de Sócrates |
En relación con su visita a España, y en particular, en su discurso en el Congreso de los Diputados, el Papa León XIV ha sido criticado en algunos medios de comunicación por haber defendido que los Parlamentos democráticos deben supeditarse a ciertas normas morales básicas, como las asociadas a la dignidad humana. Se ha dicho que el Papa hablaba como jefe de la Iglesia Católica, que en el Parlamento español no sólo hay católicos, y que no debería haber puesto en duda la legitimidad de dicho Parlamento para promulgar leyes, según el juego de las mayorías. Este es el párrafo que ha atraído más discrepancias:
Si
la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden
tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que
deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre
en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa
de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una
meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde
su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia.
Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas
y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona.
Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su
capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor
fragilidad.
En este párrafo, León XIV defiende la dignidad
humana de los niños engendrados a los que no se permite nacer; y a los ancianos
y enfermos, a quienes a veces se empuja hacia la eutanasia. El Parlamento
español ha aprobado leyes que ponen en duda dicha dignidad, a pesar del largo aplauso
de los parlamentarios a este discurso del Papa. En el fondo, pocos parlamentarios españoles confiesan verse
interpelados por este otro párrafo del discurso:
Una
ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido
formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma,
puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin
avergonzarse.
¿Garantiza la democracia que las leyes aprobadas
por Parlamentos democráticamente elegidos respeten la dignidad humana? Es
evidente que no. Veamos algunos ejemplos:
·
Hitler llegó al poder tras unas elecciones democráticas. ¿Justifica eso
el asesinato de seis millones de judíos en el Holocausto, principalmente en
cámaras de gas?
·
La democracia ateniense quedó desacreditada durante milenios
por la condena de Sócrates.
·
La democracia occidental, o lo que queda de ella, pues ya no vivimos en
democracia, sino en un sistema político al que Aristóteles aplicó el nombre de demagogia, ha impedido nacer a cientos
de millones de niños (se calcula que 73 millones al año en todo el mundo).
¿Acaso es confesional la Declaración Universal de los Derechos Humanos promulgada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948? No lo es: sus artículos están basados en la moral natural y la dignidad humana. Sin embargo, su artículo 3 es transgredido por leyes vigentes, aprobadas por el Parlamento español:
Artículo 3: Todo individuo tiene derecho a
la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.
El Papa tuvo que recordar en su discurso el
artículo 26.3 de la misma declaración, que también está en peligro en la
legislación educativa española:
Artículo 26.3: Los padres tendrán derecho
preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos.
Desde
hace casi dos siglos, la ciencia tiene muy claro que la vida de un individuo
perteneciente a una especie que se reproduce sexualmente comienza en el momento
de la fecundación del óvulo por el espermatozoide, o de sus equivalentes, en el
caso de las plantas. Un individuo humano, por consiguiente, comienza a vivir en
ese instante. Quienes intentan justificar las leyes que permiten el aborto
porque “el feto no es un ser humano” demuestran ignorancia científica. Esas
leyes no solo son contrarias a la dignidad humana, son también contrarias a la ciencia.
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Manuel Alfonseca

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