jueves, 15 de enero de 2026

El futuro no está escrito

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En diversos artículos de este blog he hablado sobre el determinismo, siempre en contra. Por ejemplo, en el artículo titulado La debacle del materialismo mencioné los tres ataques demoledores que ha sufrido el determinismo durante el siglo XX: el principio de incertidumbre de Heisenberg (para el que sería mejor utilizar el nombre que Heisenberg propuso inicialmente: principio de indeterminación); la teoría del caos; y la interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica.

El capítulo 7 del libro Agentes libres (Free agents) de Kevin Mitchell, se titula como este artículo el futuro no está escrito (The future is not written), y analiza el determinismo, pero no habla de un solo determinismo, sino de tres, y va considerando cada uno de ellos en capítulos sucesivos. ¿Cuáles son esos tres determinismos?

1.      Predeterminismo físico: la idea de que sólo existe una línea del tiempo posible. O sea, que el futuro está totalmente determinado por el pasado. Que la historia total del universo está predeterminada desde el principio. Que nada de lo que va ocurriendo podría haber ocurrido de otro modo.

2.      Determinismo causal: la idea de que todo suceso tiene una causa y lo causan sucesos precedentes. Es sutilmente diferente y algo menos exigente que el caso anterior.

3.      Determinismo biológico: la idea de que las decisiones que toman los seres vivos están determinadas por su estado bioquímico o por la configuración de su sistema nervioso. Que somos marionetas a merced de nuestra biología.

El predeterminismo físico va asociado al reduccionismo, y casi siempre a la teoría filosófica llamada Tiempo B, que sostiene que el tiempo es una dimensión más del universo y que, al igual que el espacio, todos los tiempos (pasado, presente y futuro) existen simultáneamente. Que no hay una dirección del tiempo (del pasado hacia el futuro pasando por el presente), pues todas las ecuaciones físicas son reversibles (siguen siendo válidas si sustituimos t por -t). Esta última afirmación es falsa, pues una de las teorías físicas fundamentales (el segundo principio de la termodinámica) no es reversible, y es palpable su influencia en la existencia de muchos procesos irreversibles.

Pierre-Simon Laplace

Einstein (como Laplace, un siglo antes) era firme creyente en el predeterminismo físico, lo que le llevó a adoptar la teoría filosófica del Tiempo B y a afirmar que el transcurrir del tiempo es una ilusión. También creía en la reversibilidad de la física, porque sus ecuaciones de la relatividad general parecen reversibles a primera vista, a pesar de que implican soluciones irreversibles como el Big Bang y los agujeros negros. Por eso se opuso con todas sus fuerzas a la interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica, que rompía el determinismo, y trató por todos los medios de refutarla, sin conseguirlo. Al hacerlo, Einstein dejó que sus presuposiciones filosóficas se inmiscuyeran en sus trabajos científicos, aunque hay que reconocer que sus intentos para echar abajo la interpretación de Copenhague fueron científicamente muy productivos, pues su fracaso sirvió para reafirmarla y, por tanto, contribuyó al progreso de la física.

En cuanto al determinismo causal (todo efecto precisa de una causa) y su posible incompatibilidad con el libre albedrío, la mecánica cuántica señala que hay sucesos (los colapsos cuánticos) que no están totalmente determinados por la situación precedente.

La ciencia occidental considera únicamente las causas eficientes de Aristóteles, despreciando las causas finales, que son compatibles con el libre albedrío. Mitchell señala que el estudio de las causas eficientes sólo puede responder a preguntas encabezadas por el adverbio cómo, mientras que el de las causas finales responde a preguntas del tipo por qué. Y que la desconfianza de muchos científicos hacia las causas finales se debe a que temen que, si se admite que los propósitos influyen, se arriesgan a introducir a Dios en el sistema. A esto, Mitchell aduce que, aunque el universo no tuviera propósito, los organismos vivos ciertamente lo tienen. De hecho, esa es la característica que los define.

Finalmente, Mitchell rechaza también el determinismo biológico y realza el papel de la información y, sobre todo, su significado, que da a los agentes poder causal en el mundo: Los pensamientos no son sólo patrones de actividad neuronal: son patrones que significan algo. El crecimiento de la información disponible a lo largo del tiempo es resultado de la evolución y de la selección natural, como yo también he señalado en mi libro El Quinto Nivel de la Evolución y en estos dos artículos de mi blog: Evolución y progreso, y El origen de los eucariotas.

En relación con la consciencia hay dos tipos de reduccionismo: el estricto, que afirma que todo está decidido por las propiedades de las partículas elementales; y el neuronal, según el cual es el funcionamiento de las neuronas el que lo explica todo. En el capítulo 6 de su libro, Mitchell se opone al reduccionismo neuronal con estas palabras:

En sentido holístico, los circuitos neuronales del organismo no deciden; el organismo decide. No es una máquina que procesa datos para producir resultados. Es un ser integrado que decide qué hacer, basándose en sus propias razones. Estas razones se derivan del significado de toda la información disponible para el organismo, fundamentada en su experiencia pasada y utilizada para imaginar futuros posibles. El proceso se apoya en mecanismos físicos, pero no es correcto pensar que se reduce a ellos. Lo que hace el sistema no debe identificarse con cómo lo hace. Estos mecanismos, en su conjunto, conforman un ser, y es el ser quien decide.

La filosofía de Mitchell es el monismo emergentista, con el que no estoy de acuerdo, aunque coincido con él en su ataque contra el monismo reduccionista, que está muy bien documentado. En cambio, estoy más de acuerdo con su idea del tiempo, una forma de la teoría A que define el presente como el intervalo durante el cual la indefinición del futuro se fija, se vuelve definida y se transforma en pasado, pues afirma que un instante aislado en el tiempo no puede existir. En consecuencia, si el futuro no está escrito, el pasado sí lo está.

Y yo añado: esta visión del tiempo, en la que el futuro no está escrito, cuadra con la idea cristiana de la eficacia de la oración, y con el segundo mensaje de Fátima: Si se hace lo que os voy a decir, se salvarán muchas almas y tendréis paz. Como no se hizo, tuvimos la Segunda Guerra Mundial.

En el próximo artículo explicaré cómo aplica Mitchell sus ideas a la inteligencia artificial.

Hilo Temático sobre Inteligencia Natural y Artificial: Anterior Siguiente

Manuel Alfonseca

2 comentarios:

  1. Me ha encantado el artículo, Manuel. Muy interesante. Me quedo con ganas de leer el libro. Lo poco que sé del monismo emergentista tampoco termina de convencerme, pero me queda la duda de cuál es la teoría a la que usted se adscribe.
    Dos preguntas más:
    - ¿La irreversibilidad de los procesos termodinámicos no es estadística? Es decir, que un proceso irreversible se revierta sería sumamente improbable, pero no imposible en sentido estricto, ¿no? Y en todo caso, la relación de entre la reversibilidad y el determinismo iría sólo en un sentido, ¿no? Es decir, si todo proceso es reversible, las cosas sólo pueden haber pasado de una manera, y por tanto todo estaba determinado (no hay lugar para las acciones libres). Pero a la inversa no: cabe imaginar un sistema determinista donde se colapse la información, es decir, donde se pudiera llegar al mismo estado del universo por diferentes caminos. De hecho, esta no conservación de la información resulta muy intuitiva, pues de lo contrario tendríamos que admitir que, por ejemplo, en las cenizas y el humo de una habitación "está" todo el contenido de un libro que acaba de arder.
    - Con respecto a la oración, a mí, que soy cristiano, siempre me ha costado entender "el mecanismo": si Dios está fuera del tiempo, y ve las cosas desde la Eternidad y desde ella establece sus designios, ¿cómo puede responder a nuestras oraciones e intervenir puntualmente en nuestra temporalidad? Una vez leí, no recuerdo la fuente, que es debido a que sus designios providentes tienen en cuenta nuestras oraciones presentes y futuras, pues para Él todos los instantes temporales están presentes, y es por eso por lo que incluso podemos rezar por cosas ya pasadas, pues Dios habría tenido en cuenta en el pasado nuestras oraciones. No me parece una mala explicación, pero me gustaría saber de qué manera entiende usted la acción de Dios en respuesta a las oraciones.
    Gracias!

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    1. Contesto a sus preguntas:
      - Como Ratzinger, me adscribo al dualismo no cartesiano, que afirma que alma y cuerpo son inseparables, y que la resurrección de la carne será la del hombre entero (véase Introducción al cristianismo.
      - El segundo principio de la termodinámica es algo más que estadística. Es la constatación de que en todo sistema aislado la entropía (que mide el orden del sistema) siempre aumenta. En el artículo cuyo enlace puse en el artículo hablo de otros sucesos irreversibles. El colapso cuántico, por ejemplo. Al medir una propiedad de una partícula cuyo estado no está definido, esta colapsa en un valor, y no en el otro. En cambio, la operación de desmedir es imposible. Cuando se habla de conservación de la información en mecánica cuántica no se refiere a cualquier tipo de información (como en el caso del libro), sino a masa, carga eléctrica, y momento angular. Véase este artículo de mi blog: ¿Son calvos los agujeros negros?
      - Del tema de la acción de Dios en el mundo (y por tanto de la eficacia de la oración) hablé con detalle en este artículo: La acción de Dios a la luz de la ciencia.

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